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miércoles, 8 de diciembre de 2010

UN INTELECTUAL INDIGNADO

Hace unos años, no recuerdo cuántos, entrevisté a José Saramago (Azinhaga, 1922) en este mismo lugar, una vivienda blanca, de líneas finísimas y puras, recostada sobre una ladera del pueblo de Tías, frente al mar de Lanzarote.
Deslumbrada como estaba por la calidad lumínica de la isla, no percibí el tufillo melancólico que ahora me recibe. Se trata de una melancolía amable, una sensación poética que se cuela en el ánimo sin perturbarlo.


Entonces había en el jardín de Saramago dos membrillos que se llamaban, creo, Antonio López y Víctor Erice. Ni el escritor ni su esposa Pilar me explican qué ha sucedido, pero a los membrillos les han crecido peras. Quizás haya que pensar en la intervención de algún fenómeno milagroso. También recuerdo que en aquella ocasión me quedé dormida en el sofá antes de conectar la grabadora. El escritor pudo haberme zarandeado exigiendo respeto para su valioso tiempo, pero no lo hizo. Se limitó a taparme con una manta y permaneció sentado frente a mí, esperando pacientemente que despertara. El bochorno me abofetea ahora cuando llego al lugar de los hechos y recuerdo aquel incidente. Qué jeta, la mía.
La mañana tiene un aspecto balsámico, confortable. Pilar está preparando la comida ("¿os apetece un potaje de espinacas con garbanzos? ¿y pollo asado?"). Con la excusa de echarle una mano, entro en la cocina y corto unas lonchas de queso. Seguramente la bondad climatológica me ha abierto el apetito. Después de una primera acometida al queso, viene una segunda, y una tercera.
"Sugiero que os encerréis en el despacho de José y hagáis la entrevista ahora que la casa está tranquila", dice ella intuyendo que la percepción del tiempo no se aloja en mi cabeza. Pilar del Río tiene una capacidad organizativa poco frecuente. Pertenece a esa clase de personas que están en todo y nunca se agobian ante las contrariedades domésticas. Lo prueba el hecho de que las puertas de su casa siempre están abiertas y que en la hospitalidad de los anfitriones no se perciba ningún impulso protocolario. Dentro de un rato aparecerá Violante, la hija de José, con su hijo, el nieto de José. También vendrá a almorzar una pintora chiapaneca y su hijo. No vienen, en cambio, los 100.000 hermanos de Pilar, que se han embarcado rumbo a Fuerteventura.
Su despacho parece una terraza con vistas al tiempo y la quietud tiene una dimensión totalizadora, permanente. El tiempo, además, está parado a las cuatro de la tarde, pero eso lo contará el propio Saramago con sus palabras.
Pregunta.- Me resulta usted tan sensato, tan elegante de voz, tan didáctico, con unas ideas tan impecables que..., no sé cómo decirlo..., mejor dicho, sí sé cómo decirlo: me arruinará la entrevista.
Respuesta.- No empecemos. Yo tengo muchas dudas, no soy una máquina capaz de resolverlo todo.
P.-Entonces será que hasta las dudas las tiene claras.
R.-Bueno, digamos que las asumo y las integro en alguna certeza. Por decirlo de otra forma, soy como un sistema de dudas que funciona con cierta armonía. Tengo, eso sí, unas cuantas ideas claras sobre lo que debe ser la postura de uno en el mundo. Lo que no me he propuesto es andar diciéndole a la gente cómo ha de comportarse. Yo hablo de mí y por mí. Y yo soy, debo ser, alguien que se determina por la razón y quiere regirse por un principio fundamental: intentar no hacer daño a nadie.
P.-Encima, santo.
R.-Por favor: de santo, nada.


"No comparto la idea de que la vida, sobre todo la vida literaria, ha de ser una guerra continua de unos contra otros"
P.-Dice Pániker, en una máxima cuya autoría se atribuye, que "todo entrevistado acaba reducido a los límites de su entrevistador". Póngase cómodo, voy a reducirlo.
R.-Según ese principio, el entrevistado no tiene límites y el entrevistador, sí. Discrepo. Rechazo la supuesta superioridad del entrevistado respecto al entrevistador. Que me perdone Pániker, pero el entrevistado no es Dios.
P.-Depende. Ayer, cuando comentaba que venía a entrevistarle, mis amigos ponían cara de envidia. "¡Qué suerte!", comentaban, "¡entrevistar a Saramago!". Eso no lo dirían si fuera a hablar con Vargas Llosa o Cela. Sobre usted hay consenso. Cae bien a todo el mundo.
R.-En Portugal me ha acompañado siempre la controversia, en cambio, aquí se me quiere, y esto llama bastante la atención, especialmente porque las posturas que defiendo no son consensuadas. Mi persona no molesta. Pueden molestar ciertas cosas que defiendo, pero al no apreciarse ánimo de ofender, soy bien aceptado. Yo no quiero molestar a nadie. No vale la pena.
P.-Es un gesto de caballerosidad por su parte. ¿He de suponer que se muerde la lengua, que traga bilis?
R.-No tengo bilis. Y no comparto la idea de que la vida, sobre todo la vida literaria, ha de ser una continua guerra de unos contra otros. Es inútil caer en la tentación de la envidia, que si fulano tiene tantos lectores más que mengano, y mengano más que yo. No hay nada tan ridículo como las peleas durante la feria del libro.
P.-Siempre han existido. No son un invento de la industria editorial.
R.-Me parecen pataletas infantiles. Además, encierran cierta contradicción, porque a los escritores, por ser trabajadores del espíritu, se les supone una sensibilidad, una autoridad y, sin embargo, se comportan con la misma rabia que los antiguos campesinos de mi país, que se mataban por el turno de las aguas para regar. No hay diferencia.
P.-Sí, hay una diferencia: la vanidad. Es un componente añadido que afecta de forma muy especial a los escritores. La vanidad es consustancial al escritor.
R.-Los escritores y los artistas tenemos un ego más desarrollado, es cierto. Hemos creado un superego y nos empeñamos todo el tiempo en alcanzarlo.
P.-El ego debería de operarse, como la próstata.
R.-Sí. No soy menos vanidoso que la más vanidosa de las personas, lo que sucede es que tengo una concepción muy fuerte y arraigada de la inutilidad de esas cosas. Quizás disfrazo alguna tentación, aunque en mi caso no habría que hablar tanto de vanidad como de orgullo. Yo soy orgulloso.
P.-¿Es el propio orgullo, la idea que tiene de sí mismo, lo que le impide descender a la vanidad?
R.-Puede. El orgullo no me permite ser vanidoso.
P.-Le agradezco la franqueza. Empezaba a sospechar que seguía siendo usted tan perfecto como la última vez que le entrevisté.
R.-Tengo las imperfecciones que cualquiera puede tener y, pese a mi empeño por valerme de la razón, soy un hombre de sentimientos, incluso de esa clase de sentimientos que a veces no son considerados muy masculinos...
P.-Siga, siga. Déme más pistas sobre usted.
R.-Si se quedara aquí unos días no necesitaría pistas porque enseguida se daría cuenta. Por ejemplo, soy un hombre que mantiene intacta la capacidad de indignación. Tengo un cabreo profundo, permanente... En América, hace poco, me hablaban de los epitafios. Mire, si yo pudiera redactar mi propio epitafio diría "aquí yace, indignado, fulanito de tal". La indignación es, digamos, mi estado habitual. Supongo que en el caso del epitafio, a la indignación natural se sumaría otra: la de no estar vivo.
P.-Pero la suya es una indignación intelectual, de impotencia frente al mundo que le ha tocado vivir. Yo quiero conocer aspectos más somáticos. ¿Qué pasa cuando le vence la indignación? ¿Se muestra irascible, le duele alguna úlcera, sufre mal humor, tiene pesadillas por la noche?
R.-No. Disfruto de buena salud, tanto física como psíquica, y mantengo una relación equilibrada con mi entorno. Eso no significa que esté libre de conflictos. Por decirlo de una forma que puede parecer chocante, estoy en armonía con un mundo que no me gusta.


"Tengo un cabreo profundo, permanente... La indignación es, digamos, mi estado habitual"
P.-¿Qué es la sana envidia?
R.-No existe ninguna envidia sana. Quien habla de envidia sana presupone que existe una envidia insana. Y yo no lo acepto. La envidia es envidia siempre. Nadie puede decir "no soy envidioso", aunque logre controlar el sentimiento. Yo, desde luego, trato de controlarlo.
P.-Me hace usted polvo, Saramago. Se ponga como se ponga, siempre termina saliéndole el hombre bueno.
R.-Es que seguramente soy bueno..., en el buen sentido de la palabra bueno.
P.-Pues la maldad es más literaria, dicen.
R.-Ésa es una de las mayores tonterías que he oído. ¿Alguien puede sostener seriamente que con buenos sentimientos no se hace buena literatura? La idea del escritor maldito, excluido de la sociedad, drogado, borracho, que odia a los demás, es algo que ya tiene poca vigencia. A mí me suena a tomadura de pelo.
P.-¿Hablamos de Pilar?
R.-Siempre hablo de Pilar, aunque no la mencione expresamente.
P.-Ella tendrá mucho que ver en esa armonía existencial que describe.
R.-Le debo mucho a Pilar. Desde que la conozco soy una persona más cordial, más equilibrada, más..., lo que le decía: más bueno.
P.-Ella ha conseguido salir indemne de su condición de esposa joven de un escritor mayor. Porque las esposas de los grandes escritores, sobre todo si son segundas esposas, tienen muy mala prensa.
R.-No entiendo por qué han de tener mala prensa.
P.-Porque administran la vida del escritor de forma antipática, perjudicial incluso para el propio escritor.
R.-Lo ideal es que no se hable de la esposa como tal. Pilar tiene su trabajo, su personalidad, piensa con su propia cabeza y además es muy discreta. Nuestra relación funciona, nada en ella resulta chirriante porque brota de forma natural. Lo que es coincide con lo que parece. No ha cambiado desde que la conozco. Se manifiesta igual ahora que antes, como si no fuera el escritor que soy. Ella no va por la vida de esposa de un Nobel. No es su estilo.
P.-Recuérdeme cómo la conoció, el momento exacto del cataclismo amoroso.
R.-Ocurrió en junio de 1986. Yo estaba en mi casa de Lisboa y recibí una llamada suya, que no era la llamada de una periodista sino la de una lectora. Se presentó diciendo que quería viajar a Lisboa y que deseaba robarme un cuarto de hora. Accedí, pero sin fijar fecha. El caso es que 48 horas más tarde ya estaba ella en Lisboa. Recuerdo que quedamos a las cuatro de la tarde... ¿No se ha dado cuenta de que en esta casa los relojes están parados a las cuatro de la tarde? Es usted la primera persona a la que se lo cuento. Los detuve a las cuatro porque fue la hora en que la conocí.
P.-Es una confidencia muy hermosa.
R.-Todos los relojes marcan esa hora, todos menos el que tiene usted enfrente, que es un reloj chino, de los tiempos de la revolución cultural. Fue idea mía pararlos. En ese momento cambió mi vida.
P.-Continúe. ¿Qué pasó aquel día a las cuatro de la tarde?
R.-Me senté en la recepción del hotel a esperarla. Ella tenía 36 años y yo 63. Hablamos mucho, más de un cuarto de hora. Luego salimos a dar una vuelta porque me había dicho que le apetecía recorrer los lugares que tenían que ver con Ricardo Reis y la acompañé. Fuimos incluso al cementerio, a ver la tumba de Pessoa, y a Los Jerónimos. Después la llevé al hotel, intercambiamos las direcciones...
P.-¿Y...?
R.-Se marchó y yo me sumergí de nuevo en el libro que tenía entre manos, La balsa de piedra. Me había dejado tocado, pero esperé. Precisamente en La balsa de piedra hay una escena dedicada a Pilar, un momento de espera en un hotel. Era como un eco de lo que había pasado antes con ella.
P.-¿Quién de los dos dio el segundo paso?
R.-Durante el verano la llamé y a finales de octubre, a propósito de una conferencia en Granada, le escribí una carta muy hábil diciendo: "Si las circunstancias de tu vida te lo permiten, me gustaría que nos encontráramos". Era una forma de preguntarle si estaba casada.
P.-El amor había germinado.
R.-No sólo había germinado sino que había crecido. Ahí se disparó todo. Y empezaron los viajes. Tomaba un autobús que salía de Lisboa a las seis de la mañana, hacía transbordo en la frontera y llegaba a Sevilla a las tres de la tarde. Pasaba uno o dos días con Pilar y regresaba a Portugal. Como un estudiante.
P.-¿Su entorno aprobó el noviazgo?
R.-Al principio nadie decía nada, pero analizando los silencios estaba claro que todo el mundo pensaba "menudo lío, meterse ahora en una relación con una mujer más joven que encima heredará todo esto". Por fortuna el recelo duró poco. En cuanto mis amigos conocieron personalmente a Pilar, se desvanecieron las reservas. Ahora la adoran. A veces he llegado a pensar que la quieren más que a mí. Es el secreto de su magia.
P.-¿Nunca la han responsabilizado de habérselo llevado de Portugal?
R.-No, porque mi marcha de Portugal se debió a los problemas surgidos en mi país con la publicación de El Evangelio según Jesucristo. Respecto a la elección de Lanzarote, se debió a un cúmulo de casualidades.
P.-Es un hermoso exilio. Aquí las pulsiones de la vida parecen más amortiguadas, y el mar siempre está por medio.
R.-No he elegido el exilio, sino la emigración. Mis razones fueron similares a las de bastantes portugueses que también eligieron la emigración. No se encontraban bien en su país, y yo tampoco. Lanzarote, por otra parte, representa mi casa, Pilar, los perros, mi nueva vida... Estoy contento aquí.
P.-¿El amor es una invención cultural?
R.-Sí.
P.-Sabía que iba a responder eso. Se lo he leído en una entrevista.
R.-¿Entonces?
P.-Me gustaría que añadiera algo más, siquiera para poder contradecirle.
R.-Bueno, todo es una invención cultural, el amor, la belleza... Todo lo que existe empezó por no existir. También los sentimientos. Durante milenios y milenios, el hombre y la mujer se acercaron por instinto, pero con el tiempo fueron notando que se preferían. Eso constituyó el primer granito de arena. Más tarde surgiría el amor, la pasión del amor, el desvarío.
P.-El origen del amor fue, pues, el sexo.
R.-Bueno, digamos que sí.
P.-Pero el amor puede vivir sin sexo. La idea de ensamblar amor y sexo sería otro invento cultural. La religión siempre los pone en el mismo lote.
R.-Es que sexo y amor, cuando están juntos, están muy bien.
P.-La lotería también está muy bien cuando toca.
R.-Mire, uno va del amor al sexo con naturalidad, mientras que al revés, no. Es menos natural ir del sexo al amor.
P.-¿Ha sido un hombre enamoradizo?
R.-Mis tres matrimonios han durado mucho, pero he sido enamoradizo, sí, quizás porque he creído mucho en el amor, en la idea. Me enamoraba del amor y...
P.-¿...buscaba donde colocarlo?
R.-Exacto: buscaba donde colocarlo. Más gráfico, imposible.
P.-¿Cuál es la seducción del hombre mayor?
R.-Si respondiera a eso estaría admitiendo que la edad me ha enseñado a reconocer la seducción y que represento el papel de seductor.
P.-¿Y no es cierto? Yo he oído decir que es usted un gran seductor.
R.-El hecho de haberlo oído no significa nada.
P.-Muchas personas terminan por creerse las cosas que los demás dicen de ellas.
R.-No me haga reír. El otro día Pilar también me soltó "tú eres un seductor, José". Pero, bueno, ¿por qué? ¿qué he hecho? No existe impostura ni apostura en mi comportamiento. Soy como soy. Sin trucos.
Biografía y obras del autor en: www.caleida.pt/sa ramago
www.liv-arcoiris.pt/bienal98/Biblio grafia/paginas/saramago.html

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